Me emborraché
de todas aquellas
palabras dulces
que vomitaba su boca,
sin sospechar siquiera
la resaca mortal
que la estupidez
me tenía reservada.Me creí los cuentos
como los niños,
absorta,embebida,
agilipollada,
y saltaba y daba palmas,
y sonreía y lloraba,
y todo era nítido
como un día de sol
largamente esperado
tras eternas tormentas,
todo tenía color
y sentido
y principio y trama,
pero el final...
ahh, el final..
siempre hay un final
y siempre es real
y te pilla despeinada
y en pijama,
con un gusto en la boca
como a hierro,
y naturalmente
con la guardia baja,
es como un golpe seco
en el plexo solar,
te corta la respiración
y piensas
que el aire nunca más
volverá a entrar,
que te quedaras ahí,
sin aire
y lo que es peor,
sin entender nada.

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